Tragados por
el olvido
Una campaña de la CGT reclama que
el Estado reconozca la inocencia de los anarquistas Granado
y Delgado, ejecutados a garrote vil en 1963 tras ser acusados
de dos atentados
A. Gaitero Redacción DIARIO DE LEÓN.
El Verdugo, de Berlanga, se estrenó en la Mostra de
Venecia 15 días después de que en España
la justicia franquista diera garrote vil a Francisco Granado
y Joaquín Delgado, dos jóvenes libertarios acusados
de haber hecho explotar dos bombas en la Dirección
General de Seguridad de la Policía en Madrid y en la
sede de los Sindicatos Verticales.
Un reportaje publicado en 1996 en el canal Arte, de Francia,
desveló que los dos ejecutados eran inocentes y en
1998 la viuda de Francisco Granado, Pilar Vaquerizo, presentó
en el Tribunal Supremo un recurso de revisión del caso.
La sala de lo Militar denegó la petición y la
viuda aún espera que se resuelva el recurso de amparo
presentado ante el Tribunal Constitucional. El argumento del
Supremo es «que la Justicia de 1963 era la expresión
de la legalidad vigente».
Fue el 17 de agosto de 1963, en la cárcel de Carabanchel.
El régimen no oyó las protestas contra el ajusticiamiento
de dos personas detenidas, juzgadas, sentenciadas y ejecutadas
en un tiempo récord: 17 días. En el atentado
hubo 21 heridos (28 según la prensa de entonces) y
quienes ahora reclaman la rehabilitación de los dos
anarquistas aseguran que «las cargas eran pequeñas»
y que se trataba de «acciones simbólicas».
El objetivo -aseguró ayer en León Octavio Alberola-
«era Franco». «Si en 1963 hubiéramos
conseguido matarle, Granado y Delgado hoy serían héroes»,
añadió. Alberola era el coordinador de los grupos
que «hostigaban» al régimen desde posiciones
anarquistas. «Luchábamos por la libertad del
pueblo, pero no por el poder», subrayó. La libertad
llegó, poco a poco, tras la muerte de Franco en 1975,
pero el olvido de la Transición se tragó las
muertes de Granado y Delgado con todas las víctimas
y represaliados del régimen. «Ahora han pasado
muchos años, quizá creen que la memoria histórica
ya no es muy dañina», señaló Alberola
como explicación a la corriente que se ha confabulado
desde varios frentes para destapar las fosas del franquismo,
la memoria de los maquis, la persecución de homosexuales
y las ignominiosas muertes de Granado y Delgado. Después
de ellos todavía serían ejecutadas en España
al menos otras siete personas.
El testimonio de Antonio Martín Bellido, que se autoinculpó
de los atentados en 1994 ante la televisión francesa,
se presentó como prueba determinante en la petición
para que se revisara el proceso. En el documental, que ayer
se pasó en la sala Región del Instituto Leonés
de Cultura, aparece también la confesión del
otro autor, Sergio Hernández. Pero sólo Bellido
-quien ayer no acudió al acto por enfermedad, aunque
estaba anunciado- presentó su declaración al
Tribunal Supremo.
Los impulsores de la campaña No hay democracia sin
justicia justifican tantos años de silencio en la falta
de oportunidades históricas: «La Transición
política española fue un pacto de silencio y
desgraciadamente hubo fuerzas antifranquistas que se prestaron
a ello». La campaña culminará en noviembre
con una manifestación frente al Parlamento para reclamar
la rehabilitación de Granado y Delgado y también
que el Gobierno reconozca el derecho de la viuda del primero
a una indemnización. Su caso no entra en ninguna de
las leyes aprobadas desde 1990 para indemnizar a las víctimas
políticas de las prisiones del franquismo: la del Estado
exigía más de tres años de cárcel
y la de la comunidad autónoma de Madrid varios meses.
A pesar de todo, su viuda, Pilar Vaquerizo, reclama el derecho
a la indemnización que se ha concedido a los ex presos.
Octavio Alberola contrapuso la «infamia» de este
caso frente al reconocimiento de indemnizaciones a familiares
de víctimas del terrorismo, como Melitón Manzano
«que fue uno de los grandes torturadores del régimen».
Octavio Alberola explicó ayer en León que recurrieron
a la violencia en busca de la libertad, pero recalcó
que en el contexto democrático actual no la justifica,
a pesar de que «no es ésta la democracia a la
que aspirábamos».
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