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Los Sacco y Vanzetti españoles
Carlos Fonseca
La noche del 23 de agosto de 1927, tras siete años
de prisión, recursos y apelaciones, dos inmigrantes
italianos fueron ejecutados en la silla eléctrica de
la cárcel de Boston en el estado norteameriano de Massachusetts,
acusados de un robo con dos muertes que no habían cometido.
Aquellos hombres eran Nicolás Sacco y Bartolomé
Vanzetti y su único delito era ser anarquistas. Así
lo constató uno de los jueces que los condenó
al declarar solemnemente: "No se si cometieron o no el
robo y el asesinato, pero son anarquistas y, por lo tanto,
culpables". Estados Unidos había decretado en
1921 leyes que impedían la emigración de obreros
europeos y una ola de xenofobia recorría todo el país,
temeroso del contagio de las ideas libertarias y comunistas
procedentes de Europa. Su muerte provocó una enorme
ola de protestas en todo el mundo e inscribió para
la historia uno de los sucesos más negros de la justicia.
Cincuenta años después, el 23 de agosto de 1977,
el entonces gobernador del Estado de Massachusetss, Michael
Dukakis, reconoció públicamente la inocencia
de las víctimas y pidió que "todo estigma
y desgracia sea removido para siempre de los nombres de Sacco
y Vanzetti y del nombre de su familia".
Conocí la historia de Sacco y Vanzetti gracias a una
película del mismo nombre que por aquellas mismas fechas
llegó a nuestro país aprovechando los primeros
resquicios de libertad. El director era Giuliano Montaldo
y en la banda sonora Joan Baez entonaba una balada en recuerdo
de los dos anarquistas. Veinte años después
descubrí un caso similar en la persona de dos jóvenes
anarquistas españoles, Francisco Granado y Joaquín
Delgado, que fueron ajusticiados a garrote vil en la cárcel
de Carabanchel en la madrugada del 17 de agosto de 1963 por
la colocación de dos bombas en el centro de Madrid
con las que nada tenían que ver. En tan solo diecisiete
días fueron detenidos, juzgados, condenados y asesinados
pese a las protestas que clamaron en vano por su inocencia.
Como Sacco y Vanzetti, su único delito fue ser anarquistas.
Su muerte tuvo, además, el castigo añadido
del olvido. Cuatro meses antes de la misma la dictadura había
fusilado al dirigente comunista Julián Grimau, acusado
de un delito de "rebelión militar", y una
ola de manifestaciones recorrió Europa y América.
Nikita Jruschev, Willy Brandt, Harold Wilson, el cardenal
Montini, que meses después se convertiría en
Papa, y hasta la reina Isabel II de Inglatera dirigieron peticiones
de clemencia que fueron desoídas por Franco. Grimau
fue ejecutado, pero su imagen ha trascendido al paso de los
años y permanece en la memoria colectiva como ejemplo
de la intransigencia y el rencor del dictador. No ha ocurrido
lo mismo con Delgado y Granado, a quienes el tiempo ha reducido,
en el mejor de los casos, a una escueta y fría referencia
de dos líneas en algunos libros de historia.
Tuvieron que pasar 35 años (hasta 1998) para que los
verdaderos autores de la colocación de las bombas por
las que Delgado y Granado fueron ajusticiados se decidieran
a presentarse en público para contar lo ocurrido, hacer
justicia y recuperar la memoria de sus compañeros.
Antonio Martín y Sergio Hernández, que así
se llaman, buscaban también con su confesión
aligerar el peso de una tragedia que les ha perseguido desde
entonces. Un gesto que sirvió para que las familias
de las dos víctimas presentaran el 3 de febrero de
1998 un recurso de revisión contra la sentencia que
condenó a muerte a sus seres queridos ante la Sala
Quinta del Tribunal Supremo, que meses después lo desestimó.
El recurso de amparo presentado después ante el Tribunal
Constitucional está hoy pendiente de resolución.
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Jacinto Ángel
Guerrero Lucas
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Me topé con esta historia mientras perseguía
la pista de un sinuoso personaje, Jacinto Ángel Guerrero
Lucas, en otro tiempo militante de las Juventudes Libertarias
y años después colaborador del Ministerio del
Interior. Comencé a indagar en la vida y la trayectoria
militante de los cuatro personajes marcados por aquellos acontecimientos
(Francisco, Joaquín, Antonio y Sergio) y en el nacimiento,
desarrollo y disolución de Defensa Interior (DI), el
organismo conspirativo al que todos ellos pertenecían,
que fue creado por los anarquistas para hostigar a la dictadura
con acciones armadas e intentar, incluso, el asesinato del
Franco. Todo ello en una época en la que el régimen
del Generalísimo intentaba maquillar su imagen exterior
para hacerla más digerible, abandonaba el aislamiento
internacional al que había estado sometido años
antes, y conseguía ser aceptado por las democracias
occidentales por su reconocido anticomunismo. Nació
así el proyecto de lo que luego fue "Garrote vil
para dos inocentes" (Editorial Temas de Hoy, octubre
de 1998.
Un trabajo para el que recopilé información
en archivos judiciales, del Ejército, policiales y
del Movimiento Libertario, además del Archivo Histórico
Nacional, que custodia parte de la documentación interna
de la Comisaría General de Investigación Social,
la Social, la Policía política de Franco. Completó
la información documental con el testimonio de los
protagonistas de la época que aún viven que,
salvo en algunos casos, accedieron a contarme los hechos tal
y como los vivieron, aportando así la versión
más fiel de lo ocurrido.
Evocar hechos de nuestro pasado más reciente puede
ser interpretado por algunos como un ajuste de cuentas, un
intento de remover en los aspectos más sórdidos
del pasado y una contribución para mantener abierta
la tremenda herida que supuso la guerra civil y los cuarenta
años de dictadura. Nada de ello me movió a escribir
el libro, tan sólo el convencimiento de que la verdad
debe prevalecer por encima de intereses o conveniencias.
Pero al escribir sobre Delgado y Granado no pretendo tan
sólo dar a conocer unos hechos desconocidos para muchos,
quise también que fuese un ejercicio de justicia para
las víctimas y sus familias que son, en definitiva,
quienes aún sufren en silencio el vacío de sus
seres queridos, y cuya memoria tienen derecho a recuperar.
Para que algún día, como en el caso de Sacco
y Vanzetti, se reconozca públicamente su inocencia
y todo estigma y desgracia sea removido para siempre de sus
nombres y de sus familias". Que así sea.
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